Un sorteo de regalos como juego de Nochevieja: cómo llevarlo
Casi todos los juegos de Nochevieja mueren igual: alguien explica las reglas durante cuatro minutos, tres personas están en la cocina, y cuando empieza ya nadie recuerda qué había que hacer.
Un sorteo de regalos no tiene ese problema. Todo el mundo conoce ya el principio, cada uno llega con su parte, y el conjunto dura veinte minutos.
La hora es todo el truco
A medianoche no. La medianoche es de la medianoche. Un intercambio que compite con una cuenta atrás pierde, y los paquetes acaban abiertos en montón a las doce y diez.
A la llegada tampoco. La gente entra a lo largo de hora y media; todo lo previsto para el principio de la noche ocurre dos veces y mal.
Sobre las once. El salón está lleno, todos llevan una copa pero nadie se ha perdido, y el intercambio le da forma a la última hora. Son los mejores cuarenta minutos de una Nochevieja y casi nadie los usa.
Cuatro formatos, de tranquilo a caótico
El sorteo clásico. Nombres sorteados de antemano, un regalo por persona, se abren de uno en uno. Tranquilo, cálido, y la única versión que produce regalos realmente pensados, porque quien regala tuvo una semana y sabía a quién tenía.
El robo. Cada uno trae un paquete que no va destinado a nadie en concreto. Se sortea un orden y, en tu turno, abres un paquete nuevo o le quitas a alguien uno ya abierto. Dos robos por regalo y queda congelado. Ruidoso, competitivo y sin sorteo previo, que es también por lo que los regalos son peores.
El intercambio de propósitos. Cada uno trae algo con lo que otra persona pueda empezar algo: una libreta, una caja de acuarelas, un paquete de café, una comba. Nombres sorteados, presupuesto pequeño y una nota diciendo para qué es. Encaja con un grupo que se conoce desde hace mucho.
El año que acaba. El regalo tiene que referirse a algo que le pasó este año a quien lo recibe. Una foto, un chiste interno, un objeto de un viaje. El formato más barato de la lista y el que la gente guarda.
Salvo en la versión del robo, los nombres se sortean de antemano — una semana basta — para que cada uno llegue con un regalo elegido para una persona y no para cualquiera.
Las reglas que se dicen una vez, en voz alta
- Un tope, bajo. Quince o veinte. La noche ya sale cara.
- Nada que necesite una mesa. Todo el mundo está de pie. Un regalo que hay que montar es un regalo que se abre en enero.
- Envuelto, o no cuenta. La mitad del juego es el instante anterior.
- De uno en uno, en círculo. Abrir a la vez no es un intercambio, es una bolsa de basura.
Qué hacer con los acompañantes
Que alguien aparezca con una persona que no esperabas es una certeza del 31 de diciembre.
Dos regalos de reserva envueltos junto a la puerta lo resuelven del todo y cuestan quince euros. La alternativa — un adulto de pie en un círculo de catorce personas desenvolviendo, con la copa en la mano — es el mal momento más evitable de la noche.
Di en la invitación si los acompañantes entran en el sorteo. “Venid con quien queráis, el intercambio es para la gente de la lista” no es antipático: es información, y resulta mucho más amable que lo contrario.
Si el grupo pasa de quince
Dos círculos en dos habitaciones. Un intercambio con veintidós personas en una sola sala significa que el último abre su paquete cincuenta minutos después del primero, y lo abre solo, porque todos desconectaron en el número nueve.
Qué le aporta de verdad a la noche
La Nochevieja tiene un tramo largo y plano entre la cena y la cuenta atrás, y ahí es donde las fiestas se desinflan en silencio. Un sorteo llena justo ese hueco con algo en lo que participa todo el mundo, termina antes de las doce y da conversación para la última hora.
Es mejor rendimiento que cualquier otro billete de veinte gastado esa noche.