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Un regalo de despedida sin la cadena de correos

Alguien se va el 30. El día 20 hay una cadena de correos con catorce respuestas, una tarjeta circulando por un cajón y una persona que ha adelantado sesenta euros sin decir nada.

Nadie diseñó esto. Pasa solo, cada vez, en todas las oficinas.

Por qué falla la cadena de correos

Una persona carga con todo. Elige el regalo, adelanta el dinero, persigue las aportaciones y recibe como agradecimiento un “ah sí, ahora te lo paso”. Dos de los catorce no lo harán nunca.

Nadie sabe quién ha pagado. Las aportaciones llegan por tres vías distintas a lo largo de diez días, y quien organiza acaba llevando una contabilidad que no pidió.

El importe se hace visible. Alguien pregunta cuánto pone cada uno, y ya hay una cifra con la que la gente se mide.

La tarjeta se pierde. Siempre. Reaparece el 31.

Di el importe, una vez, en el primer mensaje

La mayor mejora es una cifra fija. No “lo que quieras”: cinco euros, o diez. Un importe fijo elimina la comparación y quita la incomodidad a quien no puede poner más.

Dilo en el primer mensaje, junto con el plazo y la única forma de pago. No tres. Una.

Dónde encaja el sorteo y dónde no

Conviene decirlo claro: un regalo de despedida no es un sorteo. Todos regalan a la misma persona y no hay nada que asignar. Sortear nombres para una despedida sería resolver un problema que no existe.

El sorteo encaja en la otra mitad de la misma oficina: los intercambios donde todos dan y todos reciben. Navidad, cumpleaños, el final de un proyecto. Ahí está el problema aritmético —ocho personas, cincuenta y seis regalos— y eso es lo que resuelve una asignación.

Saber cuál de las dos cosas estás organizando ya es la mayor parte del trabajo.

Un regalo de despedida que funciona

  1. Una persona al mando, con nombre. No un comité. Quien lo propuso.
  2. Un importe fijo y una sola forma de pago, los dos en el primer mensaje.
  3. Un plazo tres días antes del último día, no ese mismo día.
  4. Un regalo, o dos: algo práctico y algo personal. Un vale más una foto gana de calle a un vale solo.
  5. La tarjeta, en digital. Un documento compartido recoge los mensajes de quien teletrabaja y no se queda atascado en un cajón.
  6. Entrega a una hora fija. Si no, ocurre en la puerta, con el abrigo puesto, y nadie dice lo que quería decir.

Lo que se olvida

No le preguntes nada a quien se va, pero pregúntaselo todo a su compañero más cercano. Adónde va, qué usará de verdad, de qué lleva quejándose un año. Un regalo de sesenta euros elegido con un año de atención vale más que uno de doscientos sacado de un catálogo.